Dicen que los cambios son algo inevitable en la vida; cierras círculos, comienzan nuevas épocas, dejas atrás lágrimas amargas y te abres ante las posibilidades que brillan delante de tus ojos. Sin embargo, creo que siempre queda esa parte de uno mismo que lucha desesperadamente por mantenerse atrás, por aferrarse instintivamente al confort de lo ya conocido y no caer en la inseguridad que provoca la incertidumbre.
Puede decirse que a la generalidad de los humanos nos es aplicable eso de "más vale malo conocido que bueno por conocer." Sin embargo, he llegado a la conclusión irrefutable con la experiencia como única fuente del conocimiento, de que en esta vida lo importante es arriesgar. ¿Por qué? Simple y llanamente porque de alguna forma ya estamos condenados, porque una vida en la que no sientas dolor, pánico, alegría, orgullo, amor... es una vida vacía. Caminaríamos como zombies; doblados, melancólicos, rutinarios e impasibles. Seríamos algo así como muertos en vida, lo cual no es mucho mejor que una muerte después de una vida digna de ser recordada.
Comprendo el miedo, yo mismo lo siento. Cada noche en la soledad de mi habitación me envuelve con su manto gélido y oscuro, me hace evocar recuerdos y personas muy cercanas que por desgracia ya no están. Me hace perder el sueño, torturarme, dar vueltas en la cama como un poseso, a veces consigue que llore, e incluso en contadas ocasiones que desee la muerte. ¿Pero sabes qué? Por eso la vida tiene tantos enigmas, porque tu peor sufrimiento puede abrirte los ojos y hacer que te des cuenta de que cuando sientes que ya no tienes nada que perder, tampoco tienes nada a lo que temer.
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