Bajo el frío invernal que envolvía La Laguna andaba absorto. Yo, solo e impasible, en uno de esos días en los que la cabeza parece que no sabe poner freno a los pensamientos. No hacía ni diez minutos que había apagado el televisor, harto de escuchar otro número de muertos en Gaza por un ataque israelita y la cara inexpresiva de los presentadores, como si fuera lo más normal del mundo.
No sé hacia donde se dirige la humanidad, y francamente tampoco sé si quiero saberlo. Las escaladas de violencia a nivel internacional son simplemente brutales, y la pasividad de los Gobiernos ante una situación que amenaza con extenderse por el globo es aún más escandalosa. Cada día, igual que gotas de lluvia caen morteros en algún lugar del mundo. ¿Tan difícil es llevarnos todos bien? ¿Tanto nos cuesta a los humanos aceptar el respeto y la tolerancia hacia los demás como base para una correcta convivencia? No sé si es que en el fondo somos malos, albergamos rencor en nuestro corazón, o es que simplemente tras dos guerras mundiales no hemos aprendido de nuestros errores.
Y por desgracia, un pueblo que no aprende de sus errores está condenado a repetirlos.
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